Durante un tiempo intenté encajar en un camino que, sobre el papel, parecía perfecto.
Aprendí a analizar, a trabajar con método, a buscar soluciones, a no improvisar. Pero cada día sentía que faltaba algo esencial: sentir que mi trabajo servía para algo real.
La restauración apareció casi como un descubrimiento silencioso. Pero cuando desmonté la primera, lo supe.
No era solo reparar una máquina. Era devolverle su capacidad de seguir formando parte de la historia de alguien.
Decidí dedicarme a esto porque por primera vez sentí coherencia entre lo que sabía hacer y lo que quería ser.
Hoy no veo la restauración como un cambio radical, sino como una evolución natural: la ingeniería aplicada al cuidado, la técnica puesta al servicio de la memoria.
Y eso, para mí, tiene mucho más sentido.